Y de todo lo que paso dentro de su casa cuando se sentó en el sillón

By on octubre 5, 2013

Este es un cuento, una buena colaboración de Ana Luisa León Romero, su singular escritura en prosa en verdad hace que te transportes y sientas en tus recuerdos las palabras que a continuación nos presenta. ciao.

 

Suena el despertador, no me muevo en absoluto, vuelvo a cerrar los ojos. Otros despertadores comienzan a chillar en las casas contiguas. La calle comienza a llenarse de ruidos. Me levanto un poco más tarde que de costumbre. Ya de pie me preparo, como todos los días, una taza de café; agrego, como siempre, unas gotas de leche y azúcar. Y aunque el día es lindo como muchos otros días lindos, no contemplo la posibilidad de salir. No me lavo, apenas si me visto.
Me siento en el sillón en donde me quedaré el resto del día.
Sentada en el sillón, dirijo la mirada a la ventana, sin moverme. Pienso en la infancia, esos lugares, rincones, en los que me gustaba esconderme cuando iba a casa de la abuela. ¿De quién o qué me escondía? No sé. El recuerdo queda en eso, un pensamiento peregrino. El caso es que no he salido de casa desde no sé bien que día, o más bien he salido poco, a dar algunas caminatas. Todo parece siempre lo mismo. Hasta yo. He sentido el cuerpo extraño desde hace días. No hago mucho. ¿De qué me escondo? No sé.
Esa emoción que da lo nuevo parece haber desaparecido. En cambio vienen a mi mente imágenes y recuerdos de hace años, principalmente de la infancia; de nuevo el escondite en casa de la abuela. Por un momento me parece volver a ser niña, estar en casa de mis padres y saber que todavía se tiene todo por delante, pero como eso implica un sentimiento de lo nuevo, desaparece enseguida. No puede ser todo más confuso. Sí, sí puede. Algo sin duda se está rompiendo, aunque no sepa bien que es. Aunque si no me miento sabía que algo estaba pasando desde días. El día sigue lindo, pero yo continuo sentada.
Repaso rápidamente, quizá inducida por el silencio que ahora hay, lo que se podría decir ha sido mi vida, pero nada de eso me dijo algo. Me pregunto en qué lugar es en el que estoy colocada ahora. Sin poder evitarlo empiezo a construir ilusiones, me pongo histérica, podría decir que hasta sueño un porvenir; en fin cosas que jamás le confesaría a nadie porque es de lo más escondido que se tiene y porque el pudor y la vergüenza te hacen retenerlo. Y porque si no se sabe bien a bien en donde se está, o qué es lo que está pasando o cambiando; es decir, si no se tiene esa certeza de la que tanto hablan, es mejor retener. Entonces no se sabe si el sueño que se tiene es pura vanidad u orgullo.
Descubro sin sorpresa que algo no funciona. Para decir las cosas directas, descubrí que no sé vivir, que no sabré jamás.
En cambio leo noticias, el periódico, sección por sección. Leo mecánicamente. No puedo evitar seguir las líneas con los dedos. Leo todas las secciones, incluso las que hacía mucho no veía, que en algún momento decidí no ver más. Pero vuelvo a leerlas. Notas y notas de información pasan por mis ojos, un excelente ejercicio:
El respeto por la buena música está en crisis, la cual, a su vez, fue escrita con respeto para el público, expresa el compositor y pianista cubano José María. Me gusta mucho comprobar que los soñadores en este punto no estamos solos, ya que muchas personas necesitan que sobrevivan esos valores, que sobreviva esa actitud de búsqueda de la música como una forma de pensar, no sólo como entretenimiento, aunque también lo sea. El cáncer de páncreas constituye en México la cuarta causa de muertes por problemas oncológicos; es muy agresivo y cuando se hace el diagnóstico muchas veces ya es demasiado tarde, expresó en entrevista el doctor Carlos Chan, presidente de la Asociación Mexicana Hepato Pancreato Biliar (AMHPB). En el país, la mitad de los menores de edad, entre recién nacidos y 17 años, no tienen acceso a la derechohabiencia, en tanto que en 260 municipios- de 483 que tendrán elecciones locales el próximo mes-, más de la mitad de ellos vive en pobreza extrema, revela el Semáforo municipal de los derechos de la infancia. El presidente del comité de Relaciones Exteriores de la Duma Estatal de Rusia, Alexei Pushkov, calificó hoy de escándalo que Gran Bretaña haya intervenido el teléfono del expresidente Dmitri Medvediec durante la cumbre del Grupo de los 20 (G-20) que celebró en 2009 en Londres. Un hombre fue hallado muerto en una brecha entre matorrales cerca del presón, pasando toda la Avenida Nueva España. El cuerpo se encontraba envuelto en una cobija… cuánto dinero lava la mafia en México cada año? Hay cálculos diferentes; van de 10 mil a 4º mil millones de dólares. México es uno de los mayores consumidores del mundo, con un huevo por persona todos los días como promedio… Pero yo permanezco sentada en el sillón de siempre.
Todo esto ya no significada nada para mí, me he detenido. La situación es incómoda. Además lo sabía, o bien debería haberlo sabido y, tomar mis precauciones. Nunca hay que darse la vuelta, detenerse, al menos no tan bruscamente. Sigo sentada en el sillón. Empiezo a adormecerme. Me queda un sentimiento de aislamiento, el sentimiento no me llega de sorpresa, más bien diría que es premeditado, junto a esa torpe inquietud de querer saber cómo se era antes para poder así, cree uno, saber cómo se es ahora, en que se es mejor o peor. Y al mismo tiempo ese deseo permanente y constante de dejar de oír, de ver, de hacer, de permanecer sin hablar y sin moverse, los deseos irracionales de una completa soledad. Nada me afectaría jamás. Sentada en mi sillón frente a la ventana. Sol en la cara, periódico abierto a mi lado. Cabello despeinado, mirada ausente, vida detenida.
Sé bien que llegado hasta aquí no necesito alguna excusa o justificación, ni remordimientos, ni nostalgias. No rechazo nada, no repudio nada. He dejado simplemente de avanzar, pero hacía mucho que no lo hacía. Decido no seguir adelante. Fue suficiente un día en donde hacía demasiado calor y el aire no funcionaba, las inapropiadas palabras de un texto que ya no lograba tener mi atención, una taza de café un poco frío, el silencio de mi pequeña casa, un día que además de caliente era estúpida y hostil, un día como todos en los que no logre ver nada diferente, para que algo se rompiera, se alterara, se deshiciera y apareciera como un rayo de luz en la oscuridad de mi casa esta verdad decepcionante, triste y ridícula, pesada e interminable: no tengo ganas de continuar, ni de defenderme, ni de atacar.
No tengo ganas ni de establecer un diagnostico de lo que ha pasado, porque quizá no ha pasado nada. Quizá eso que por un momento podría parecer una cambio no lo es, sino que siempre ha sido así. No hay nada que hacer, no se puede volver atrás.
Es tarde. Es temprano. El día cae, la noche nace. Los ruidos no cesan jamás por completo. El tiempo no se detiene jamás totalmente, ni siquiera cuando es ya imperceptible, cuando nadie voltea a verlo. Confundida y sacudida por un impulso que no se bien de donde viene decido salir. Camino y no me detengo. No me perderé. No tengo ya ningún gesto, no es algo premeditado, es sólo que hace tiempo que ya no tengo ninguno. En la medida en la que avanzo el ruido se va desvaneciendo. Busco un horizonte, pero lo hago en vano: no hay nada, y eso no me sorprende del todo.
Fantaseo con la posibilidad de irme de la ciudad, pero no tengo a donde ir. Raras cosas me fascinan. Otra vez la idea de lo nuevo me viene a la cabeza, aquello de dar una oportunidad a las cosas. El tema del cambio y lo que provoca lo nuevo se me revuelve dentro, me parece entonces que todo el asunto ese, es una asombrosa condena del ser humano. Pero para ser sincera no deseo nada.
Con el paso del tiempo se me ha presentado una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden. Parezco tener equilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, semana tras semana. Cada vez que doy otro paso, algo está por empezar, algo que no terminará jamás: una vida inmóvil, anulada, sin desorden. Mi vida que empieza. Al menos eso creo. Lo nuevo.
Me di cuenta que con el paso del tiempo me desprendo de todo, me alejo de todo, no hay apego ya a nada. Descubro, con el entusiasmo de un niño, que soy libre, que nada me pasa, ni me gusta ni me disgusta. He entrado ya a una vida sin desgaste, de instantes puros, de una felicidad casi perfecta. Experimento una tranquilidad profunda. No espero nada. No existo ya. Sin darme cuenta, o dándome cuenta perfectamente, dejo lentamente o de golpe la existencia. No fue una decisión deliberada. No estoy del todo segura; pero algo me dice que a pesar de todo sobrevivo, sin alegría, sin tristeza, sin futuro, sin pasado, así, como si fuera un perro o una hoja suspendida en el viento, o una piedra. Sin haberlo previsto- ¿cómo podría haberlo hecho? – el sentimiento de que una vida así, es una vida ociosa, aparece; pero no me detengo a pensar en eso, e instintivamente decido desecharlo. Nada me afectaría jamás.
Un nuevo aire reanima mi caminata. Doy vuelta, paso por un callejón y sigo. De pronto me veo observándome. No puedo escapar a mi mirada que parece escrutarme como si me viera reflejada en un espejo. Mi mirada me sigue a todas partes. De pronto todo parece tomar otro rumbo. Me parece que estoy dormida y que no me dejarán despertar jamás. No estoy muerta. Me doy cuenta que voy sola y a la deriva. No tenía previsto esto, cómo podía. Me enfrento con calles desiertas y mal iluminadas, bancas vacías, fuentes secas, plazas sin gente. Ya no sé en dónde estoy. Me pregunto a dónde es que he llegado. Me pregunto además si todo esto ha sido un pensamiento o un entendimiento.
Sin embargo decido no romper el círculo encantado de la soledad. Estoy sola y no conozco a nadie; no conozco a nadie y estoy sola. Me he vuelto un fantasma. Fantaseo con la esperanza de los encuentros improbables. Me repito: ¿¡Libre como un piedra, como hoja suspendida en el viento¡?
Pero no hubo salida, ni milagro, ni verdad alguna. No quedaba nada. Parecía llegar al final de todo. El termino de aquella ambigua trayectoria que había sido mi vida durante esas horas, esos días, semanas, quizá meses en los que había decidió no salir, aislarme, desde aquel día sofocante en el que todo exploto, en el que todo se detuvo, de aquella búsqueda indecisa que no me había llevado a ninguna parte, que no me había enseñado nada. Y quizá por eso reflexiono. Habría que replantearme la situación. No. Sigo caminando.
Me doy cuenta, sin gran sorpresa, hagas lo que hagas, vayas donde vayas, lo que ves no tiene importancia, lo que haces es en vano, lo que buscas es falso. Desconcertada y perdida descubro que no sé estar sola para decirlo llanamente. Doy vuelta en la siguiente esquina sin que eso signifique que tenga un destino a donde llegar, sigo sola. Camino. Cada paso que doy es como si me dijera que todo esto fue así porque así lo he querido, porque así tenía que ser. Necesito repetirlo. Me doy cuenta que la alegría que supuso el haber llegado-o creído que así había sido- a alguna parte; el ubicarme en algún lugar, en todo eso iba ya implícito la tristeza.
Quizá por eso concluyo que tocar fondo no quiere decir gran cosa, y que la indiferencia es inútil. Puedo querer o no querer, ¡qué importa¡ a lo largo de todo mi trayecto el mundo no se ha movido, no ha ocurrido nada, ni un milagro. No he cambiado. La indiferencia no me ha vuelto diferente. No me he muerto ni me he vuelto loca. Sigo.
No sé cuánto he caminado. Decido dejar que el tiempo haga lo suyo, por qué luchar ahora. Cansada de tanto caminar paro en una banca de una plaza solitaria a la que nunca había llegado antes, esta amaneciendo. El tiempo, que se ocupa de todo, ha encontrado la solución a mi pesar. Quizá ni hubiera sido necesario que me moviera. El tiempo, que conocía la respuesta antes que yo, ha seguido pasando sin que yo pudiera hacer algo contra ello. Un poco temprano, un poco tarde, en esa banca, como me pasó en el sillón, descubrí que algo pasaba. Me alberga una nueva epifanía: ahora todo vuelve a empezar. Todo empieza, todo continua. Por qué, qué me daba el derecho de sentir que podía estar al margen de todo como si fuera la única que volteará a ver el contenido y quisiera hacer su propio papel, y entonces dejar de interpretar; pero sobre todo pensar que en eso están las verdaderas agallas. Más valdría vivir espontáneamente, y ¿si así perdiera la razón y si no? tendré miedo, esperaré. Lo nuevo. Qué más me queda. Sigo caminando.

 

 

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