Viviendo un rato en la madre patria.

By on marzo 11, 2011

 Por: Siria Larios

“Cuando una idea se me mete a la cabeza es difícil que salga de ahí… y más, cuando se trata de mi futuro”.

Tenía la intención de estudiar en Madrid, desde algunos años atrás; no sé cómo y por qué había pensando en  esta ciudad.  Creo que en alguna ocasión  había escuchado que Madrid tenía buenas universidades o que eran buenas las maestrías en educación.  

De pronto, llegó el momento.  Tenía el futuro que tanto anhelé en mis manos, estaba viviendo lo que pensaría que tardarían varios años en llegar. Irme a estudiar no era un cambio fácil, pero sí una decisión segura, especialmente por todo lo nuevo que vendría.

Fue un poco desesperante esperar respuesta de la universidad, recibir comentarios referentes a que la decisión de salir de Hermosillo era errónea, y después aguardar los trámites de visa, para por fin salir de México, cruzar el océano Atlántico y vivir en la llamada Madre Patria.

Pero lo más importante siempre lo tuve: el  apoyo de mi familia. Todavía recuerdo cuando al salir de mi casa con maleta en mano, volteo a ver a mi papá y le pregunto: ¿Quieres que me vaya? Mi pregunta no tenía nada que ver con que yo sea una mujer hogareña, sino más bien por todo lo que implicaba, lo que implica, vivir fuera. Antes de obtener la respuesta afirmativa de mi padre, pude ver en su rostro la expresión de aliento; tanto él como mi madre sabían lo que significaba para mí estudiar en el extranjero, y también fueron testigos de todo lo que tuve que hacer para conseguirlo.

La llegada

Los primeros días en Madrid fueron de incertidumbre.  Caminando por las calles que están detrás del Palacio Real, recuerdo que la idea regresar a México rondaba constantemente mi cabeza. Dudé e incluso pensé que había tomado una mala decisión. No sé si era el cambio de horario o realmente que me estaba empezando a sentir sola. No conocía a  nadie, solo tenía a la amiga de mi amigo que me había recibido*. Toda esa situación, me hizo pensar seriamente en empacar mis maletas y regresar a Hermosillo.

Por suerte, la incertidumbre de los primeros días duró poco.  Después  todo empezó a verse mejor,  no recuerdo muy bien que fue,  tal vez la inminente llegada del invierno, mis nuevos “compis” del piso,  las hermosas calles madrileñas,  las tapas, el ambiente en la universidad; total que  todo esto comenzó a mostrarme el rostro bueno de Madrid.

Empecé a conocer gente linda de diferentes países que estaban en la universidad.  Algunos de ellas empezaron a formar parte de mi vida, incluso son amistades que aún conservo. Los mexicanos, casi como hermanos.

La oportunidad de dar clases en un colegio local, fue una experiencia inolvidable: tuve  alumnos de diversas nacionalidades, ya que el colegio estaba en un barrio del centro de Madrid, en el cual se concentra el  mayor número de inmigrantes.

Vivir en Madrid no solamente fue un año de aprendizaje académico, si no de experiencia y crecimiento personal.

El acercamiento a nuevas culturas, pues Madrid está conformado por un mosaico pluricultural extraordinario.  

Experimenté otra forma de vida: desde ir al supermercado con tu bolsa ecológica y empacar tus propias compras – no existen niños cerillos (empacadores) por allá-, hasta tener un mes completo de vacaciones, y sorprenderte de cómo los españoles guardan respeto absoluto a la hora de la siesta (incluso hay restaurantes que cierran de 2 a 4 pm).

La forma de vestir también me llamó mucho la atención, a pesar de que Europa cuenta con los mejores diseñadores del mundo, cada quien opta por vestirse como le plazca, sin seguir reglas o preocuparse por “estar a la moda”, es decir, sin prejuicios. Otra diferencia: la forma de hablar, sin olvidar las “eses” tan marcadas y su peculiar forma de dialogar gritando.

Hoy puedo decir que irme a Madrid fue una decisión correcta en mi vida.

Conocer  la puerta de Alcalá, famosa por su canción “mírala mírala, mírala, míralaaa, la puerta de Alcalá. Correr en uno de los parques más grandes y bonitos, “El Retiro”, vivir en una de las calles principales de Madrid La gran vía.

Todas estas cosas son las que hicieron la diferencia en mi estancia en Madrid.

Vivir Fuera

El vivir sola creo que te hace más independiente, tolerante y  muy importante: te hace más “vivo”.

Salir de tu casa, separarte de tu familia, de tus amigos, de tu comida, de las comodidades, te hace una persona valiente, y lo digo porque hasta hace poco lo he descubierto, saber que tienes variedad de caminos por donde ir y poder elegir el que tú quieras, sin saber lo que sucederá al siguiente día. Algunas veces las cosas salen  como lo planeas, algunas veces no.

Va una frase que dedico a  Madrid, muy popular entre mis “compis” de allá:

 “Madrid que no me dejas dormir, porque tienes mucho que vivir”

Otro “compi” madrileño, Andrés, aseguraba: todos  los mexicanos son muy hospitalarios, casi no se conocen y te pueden abrir sin dudar las puertas de su casa.

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