Los hermanos Coen, un breve paseo por un largo trayecto fílmico

By on octubre 31, 2012

El relativamente reciente visionado del magnífico remake de True grit (Temple de acero, E.U., 2010) -que llega después de dos ácidas comedias Burn after Reading (Quémese después de leerse, E.U., 2008) y  A serious man (Un hombre serio, E.U., 2009)- me motiva a escribir una breve reflexión acerca de Joel y Ethan Coen y de su trayecto cinematográfico, iniciado  en el largometraje por allá en el año de 1984 con su genial filme Blood simple (Simplemente sangre, en nuestro país), una pieza clave en la cinematografía de género contemporánea, una revisitación y puesta al día del mejor cine negro clásico estadunidense, que relataba la historia de un mórbido y trágico triangulo amoroso, marcado por la fatalidad. Con los hermanos resulta difícil hablar de películas malas, es más correcto decir películas no tan buenas, pero que conservan su indistinguible sello de autor que ambos se han ganado a pulso de trabajo. Posterior a su ópera prima, Joel (director) y Ethan (guionista), entregan en el año de 1987 la delirante y divertidísima comedia Raising Arizona (Educando a Arizona, por acá), que contaba la desafortunada historia de una extraña y entrañable pareja (un ladrón frustrado y una estéril policía) interpretados por un jovencísimo y magnífico Nicolas Cage, flaco hasta los huesos y una no menos excelente Holly Hunter, respectivamente; así como la siempre imponente y escalofriante figura de un John Goodman (quien se convertiría en una especie de actor fetiche para los hnos.), caricaturizados todos al extremo de lo patético. Como obsesionados con el cine de género, los Coen básicamente han explorado en sus películas dos de los más importantes y complejos: el cine negro y la comedia (también negra); sus cintas desarrollan historias un tanto turbias, de violentos, sorpresivos e hilarantes desarrollos y desconcertantes desenlaces; una mirada ácida y sin concesiones hacia una sociedad tan cercana y ajena a la vez es el principal ingrediente de sus filmes. En lo visual, sus películas siempre son impecables y atractivas. En un principio, la inquieta e intrépida cámara de Barry Sonnenfeld (antes de convertirse en realizador) le brindó a sus historias un dinamismo sorprendente; director y fotógrafo se regodeaban en la más pura escuela del colega y amigo Sam Raimi (para quien escribieron en 1985, no está demás decirlo, el guión de su segundo largometraje, Crimewave, y a quién han invitado a colaborar con ciertos cameos en varias de sus cintas), en una suerte de planos y movimientos de cámara de un virtuosismo que dejaba pasmado al espectador más purista y que muchos directores jóvenes han imitado. Después, la estabilidad visual impuesta por la excelsa cámara-ojo de Roger Deakins vino a aportar a su cine un cierto aliento poético, inclinado a la contemplación de los espacios y escudriño de los personajes que habitan esos ambientes. Con su tercer largometraje, Miller’s crossing (E.U., 1990), los Coen se adentraron de lleno en el cine de gangsters; un tanto parodia, un tanto homenaje, De paseo con la muerte (título con que se conoció en México), es una obscura exploración por la no menos sombría vida de un certero matón taciturno (un hierático Gabriel Byrne), que comete el error de involucrarse con la mujer de su jefe y mejor amigo (Albert Finney), debatiéndose siempre entre sus deseos de redención y las órdenes que como especie de venganza le impone éste último. Con Barton Fink (E.U., 1991), los Coen definieron su estatus de autores y cineastas de culto, logrando la más perfecta de sus obras, una extraña y particular comedia de una lentitud contemplativa; tan ominosa que en ciertos momentos se antoja más thriller y filme de horror con monstruos y demonios representados por el espectral hotel en el que se aloja el escritor protagonista (el otro fetiche de los hermanos, John Turturro); la hoja en blanco con máquina de escribir incluida; una asfixiante habitación cuyo tapiz se escurre emitiendo un lenguaje de terribles sonidos en las angustiantes noches de insomnio de Fink. Todo esto definiendo un infierno de incapacidad creativa, del cual nuestro dantesco personaje escapará sólo por los momentos de interacción con su extraño vecino (John Goodman en lo que sin duda es la mejor actuación de su carrera). Barton Fink, sin temor a la exageración, es como un libro abierto a las posibilidades y los trasfondos interpretativos, cosa que sorprendió a los propios hnos. al llevarse la Palma de Oro en Cannes, quienes argumentaron que sólo pretendieron hacer una comedia lenta y sin los gags propios del género. The Hudsucker Proxy (E.U., 1994) viene a ser su única superproducción “holliwoodesca” y quizá su fracaso fílmico. Incomprendida por la crítica malacostumbrada por sus anteriores cintas (de factura 100 % independiente), El apoderado de Hudsucker en nuestro país, fue una jocosa épica bastante divertida y visualmente muy valiosa; una broma desfachatada y de gran presupuesto. Años después, repetirían sus deseos de jugar con el absurdo en The big Lebowski (E.U., 1998); la delirante y surrealista O brother, where art thou! (E.U., 2000) y su muy peculiar visión de la comedia romántica con Intolerable cruelty (E.U., 2003), no sin antes darnos otra lección de cinismo con la tragicomedia Fargo (E.U., 1996, feamente titulada en español, Secuestro voluntario), donde por primera vez aparecieron en las ternas del Óscar, llevándose la estatuilla al mejor guión y música original, si esta memoria no falla. Con Fargo los Coen retornaban a la “seriedad” enfermiza de Barton Fink, a los personajes de patetismo encantador; sólo que acá con una violencia más plástica, explícita y sorpresiva, y con el humor más negro que de costumbre; sin embargo, la cinta posee un equilibrio discursivo que raya en la perfección, un tono tragicómico que nunca en sus anteriores filmes se había logrado con tanta precisión, ni siquiera en Barton Fink (como ya lo he mencionado, a mi parecer su obra maestra), que se asemeja más a una secuencia pesadillesca muy larga y de pinceladas Lynchianas.

Anterior a su cínica comedia romántica protagonizada por George Clooney y Catherine Zeta-Jones, Intolerable cruelty, Joel y Ethan retornaban a la seriedad con el romántico filme The man who wasn’t there (E.U., 2001. El hombre que nunca estuvo, en México), un hipnótico y excelente film noir en la línea la clásica (bellamente fotografiado en blanco y negro), protagonizado por el siempre genial Billy Bob Thorton, la siempre fiel Frances McDormand y el duro y tierno James Gandolfini. Con esta película, los Coen se negaron a morir (por aquello de sus dos filmes anteriores, muy divertidos pero nada extraordinario) dando otra lección de un cine supremo que nos calló la boca a todos aquellos que dudamos de su ingenio. Este drama es un obscuro viaje hacia la mente de un hombre envenenado por los celos que decide llegar al fondo de la infidelidad; convirtiéndose en asesino accidental, deberá urdir la mejor de las coartadas para salir bien librado de toda la tempestad que él mismo ha provocado, en una trama de exquisito misterio e inquietante suspenso. Con The Ladykillers, la pareja pareciera decirnos que nunca abandonarán la comedia, ni sus gags, ni su irreverente cinismo. Protagonizada por Tom Hanks (a quien los cineastas han regresado muy dignamente al género que lo vio nacer), el filme es el jocoso relato de una pandilla que pretende acabar con una viejecilla para así poder gozar de su fortuna. Más la anciana no será lo que aparenta y uno a uno los miembros de la banda (de músicos) irán cayendo en esta divertida y retorcidísima comedia. Con No country for oldmen quien muchos esperamos no tanto por saber quiénes son ellos, sino por la publicidad que se le hizo a este híbrido fílmico (mezcla de western, cine negro, cine de narcos a la mexicana y, por supuesto, thriller). En sus dos secuencias iniciales, la presentación del temible asesino Anton Chigurh (Javier Bardem, aquel joven que sólo irradió sexualidad y brutalidad en los filmes de Bigas Luna y que con el paso del tiempo demostró que para estar en el cine no sólo se necesita tener un “buen paquete” entre las piernas y desnudarse a la menor provocación) y el festín sanguinolento de cadáveres humanos y caninos entre “trocas” en la desolación desértica de Nuevo México y Texas, los Coen, con una envidiable economía del lenguaje, poco a poco revelan la densidad de su relato, que se convierte en una violenta e inquietante aventura de dimensiones trágicas. No country for old men pertenece a esa otra parte de la obra coeniana, la de las historias serias, trágicas y, aunque suene a pretensión, reflexivas; de una sutileza y encanto narrativo que pese a su lento desarrollo nos mantiene intrigados durante todo su metraje. Basada en la novela homónima del genial escritor norteamericano Corman McCarty, de aparente sencillez anecdótica, el filme se ubica en el mítico condado de Texas en la década de los setentas (tan socorrido para las historias de estrambótica violencia y muerte en cadena). Ahí, el vaquero Jewellyn Moss (Josh Brolin) encuentra los despojos de una masacre de lo que fue una fallida transacción de droga. Indagando, el personaje recogerá un maletín con dos millones de dólares en efectivo que serán la puerta de entrada a un infierno de violencia y paranoia, un sangriento festín del que “no habrá salidas limpias”. En su anécdota el filme recuerda mucho a The killing (’56), de Stanley Kubrick y a su revisión noventera titulada Reservoir dogs (’92) de Quentin Tarantino, esas dos joyitas de la cinematografía noir donde nada termina bien; sólo que en los Coen todo viene a ser como más poético y conmovedor, ese coqueteo con el western y sus códigos trágicos, pese a la carga irónica y patetismo de los personajes, dota a la cinta de una autenticidad y un estilo narrativo que raya en la maestría, y es que la película contiene varios momentos y resoluciones memorables: ese top shot del asesinato del policía a escasos minutos de iniciada la historia a manos de Chigurh –Bardem en sus mejores minutos, con sus tristes ojos desorbitados en asesino frenesí-; el inquietante y plástico encuentro de Moss con la carnicería de hombres y perros entre camionetas setenteras, antes de tomar sus dos millones de dólares que lo llevarán a la desgracia. La angustiante persecución y cacería nocturna, primeramente la del perro y después la de Chigurh; o el accidente automovilístico de éste, como inesperada y magnífica conclusión. En esta sinfonía violenta no habrá concesiones, la ambición y anhelos de Moss los condenará a una cadena de muerte de la que, al igual que en la ya mencionada Fargo y la estilizada The man who wasn’t there, los finales felices no tienen cabida; sino todo lo contrario. A los Coen les gusta ir de paseo con la muerte y su caminata siempre estará regida por la fatalidad. Con este filme vuelven a coquetear con la tragedia y las posibilidades narrativas del absurdo en una historia regida la mala estrella -pero a su vez protegida con el agradable velo de la sutileza, con un discurso en el que se apuesta por la frialdad y distanciamiento de sus realizadores-, donde la desgracia se verá venir como un obscuro torbellino donde al final del camino todos resultan malheridos y por lo tanto vulnerables –la película mucho recuerda también a A simple plan (E.U., 1998), una obra maestra del cine negro contemporáneo dirigida por el ya mencionado Sam Raimi-, reafirmándose la sentencia de que el crimen no paga. No country for old men es un excelente filme que no hay que dejar pasar; sin duda una pieza clave en la trayectoria de estos hermanos que a base de ingenio, originalidad, cinismo y una virtuosa formalidad han logrado una fructífera y sólida filmografía, quizá una de las más trascendentales de las últimas tres décadas.

 

*Socorro González es Coordinador del Cine Club Primera Toma A.C.

socorrogonzalezbarajas@yahoo.com.mx

www.retratosinciertos.blogspot.com

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