Django sin cadenas, crítica. Película de la semana.

By on enero 11, 2013

Tenemos dos Tarantinos y los dos cuentan la misma historia. Érase una vez en el Estados Unidos esclavista un caza recompensas disfrazado de dentista al que le conviene encontrar a un esclavo que reconozca a tres matones para echarles el guante. El caza recompensas encuentra a Django y al poco tiempo de verse las caras se convierten en una especie de pareja justiciera en el oeste del país, uno que apenas está por explorarse. El destino final es, claro, la hacienda algodonera en la que la esposa de Django trabaja como esclava.

El primer Tarantino narra la primera mitad de este western muy poco académico, que se acerca a los convencionalismos de su forma (es decir, Tarantino sigue filmando como Tarantino), y que también es un road movie gelatinoso con salpicaduras de películas de arte marcial. Usa toda la gramática cinematográfica conocida por el hombre y la usa estupendamente bien.

Encuadres gozosamente rebuscados y la construcción de su muy personal Nacimiento de una nación con una estética que le conocemos y que sin duda le hemos aplaudido. La diferencia es que en El nacimiento de una nación (EUA, 1915), Griffith tomó el partido menos correcto, el de la justificación del Ku Kux Klan y lo honroso de un país anglosajón. Tarantino ensucia el algodón (la materia prima de la riqueza esclavista) y retozando en su propia estética lo salpica de sangre para acercarse, según él, a la óptica del esclavo extraído de África y puesto a trabajar forzosamente. Ese algodón ensangrentado es probablemente la primera metáfora de esta otra mitad del país que Tarantino busca rescatar. Tan lo busca y tan en mente tiene a El nacimiento de una nación que también hace cabalgar a su KKK, también lo dota de oraciones visuales barrocas con lentes especiales, cortes al por mayor, encuadres, re encuadres y mucha contratoma, pero sólo para ponerlo en ridículo al prohibirles expresarse claramente con las palabras.

Este Tarantino desatado con su macheteado lenguaje cinematográfico va tan al pasado en la metáfora que construye a su país, que victimizando al KKK roza también el nacimiento del cine. En una de las secuencias mejor logradas de la película habla en imágenes (probablemente sin querer) del fusil fotográfico que retrataba caballos para averiguar la mecánica de su galope y que fue uno de los aparatos precursores del cine (cuyo lenguaje ahora usa de manera vertiginosa). Aquí, en esta secuencia, el fusil sigue al caballo pero aunque dispara más de una vez en imágenes, sólo una bala alcanza al jinete, que a su vez mancha de sangre al animal. Cortes, más encuadres, el slow motion emulando a Peckinpah y un empujón más en este discurso visual que construye al Django en busca de venganza.

Apenas llegando al plantío de algodón, ese castillo sureño en el que Broomhilda (una esclava con nombre alemán) vive presa de un despiadado comerciante que juega aquí el papel del dragón come hombres, Tarantino frena la lluvia de cortes y contratomas para dejar que el otro Quentin tome su lugar: el de los diálogos largos, el del verbo descarriado, de las discusiones acaloradas y repetitivas, más como reflejo de alguna histeria en sus personajes que como deficiencia del guión.

En esta segunda parte, con este otro Tarantino, incluso el revólver se detiene. Sale de su funda, entra de nuevo, se reacomoda casi sin importar qué pesonaje lo manipule, pero no disparará. Las balas vienen en palabras, de personaje a personaje, todos sentados a la mesa. El freno es tal que los espacios se encogen notablemente. De un lado los caza ercompensas vengadores, casi libertarios, la América negra tratando de recuperar su orgullo que se hace evidente, conforme transcurre el tiempo, con la presencia cada vez más intensa y notoria de un hip hop desubicado ahí históricamente, pero vinculado con el blues doloroso surgido de los algodones salpicados de sudor esclavo y contaminados con sangre.

En el otro espacio, el dragón-mercader (Leornardo Di Caprio trabajando bien un personaje malévolo y desagradable) discute con ese ogro vendido al patrón que encarna Samuel L. Jackson, un personaje que si bien no trae el tema de la esclavitud, sus maneras, pecados y consecuencias a la discusión, sí que desmitifca a trancazos y con miradas rabiosas muchas otras interpretaciones sobre el tema, desde Lo que el viento se llevó (EUA, 1939) que es incluso paternalista con los afroamericanos, hasta El color púrpura (EUA, 1985), en donde el melodrama suaviza la postura. Sin que inove, prefiero el tratamiento del tema de este Tarantino (con sus ataques de posmodernidad) y su hip hop anunciando el futuro.

Y no hay más. Sólo dos espacios, una mesa y el sangriento momento en que el amo Di Caprio obliga a sus esclavos a practicar un “deporte” mortal, la única manera que encuentran, hundidos en la pobreza y la ignorancia, de escalar en la frágil pirámide esclavista de ¿sólo ese tiempo? ¿No se usa a los deportes modernos de manera parecida?

Este otro discurso está lleno de palabras, del otro lenguaje que habla Tarantino y en un ataque de conciencia chocaría con el anterior, que es igualmente alocado pero con la gramática cinematográfica.

Tenemos a dos Tarantinos típicos, cada uno fabricando una mitad de la película, una manera vertiginosa de contar una historia que se transforma en una historia vertiginosa que se cuenta sola, todo para anunciar el apocalipsis western, lleno de referencias a Kill Bill (EUA, 2003) y que detona un final tan de la cultura pop que sabe aún más fresco (y divertido) después del freno.

¿Funciona el choque? De entrada parece que sí, pero sigue siendo un choque y las chispas que surgen de él dan la idea de que hay una fractura en el centro… y las fracturas tardan en curarse.

¿Funciona el choque en este western anti académico, ignorante de las formas de Ford y que se decanta en un gore del oeste más cercano al spaghetti western con Franco Nero que al ya mencionado Peckinpah? Parece que sí, pero la fractura sigue siendo evidente, aunque de fracturas está hecha casi toda la filmografía de Tarantino.

Django sin cadenas

(Django Unchained, EUA, 2012)
Dirige: Quentin Tarantino
Actúan: Jamie Foxx, Don Johnson, Leonardo DiCaprio, Samuel L. Jackson, Christoph Waltz
Guión: Quentin Tarantino
Fotografía: Robert Richardson
Duración: 165 min.

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