De mochilazo

By on marzo 11, 2011

El camión partía a las 5:40 de la tarde de la estación Nord de Barcelona, un pequeño edificio unas cuadras al norte del arco del triunfo, si también en Barcelona hay una estructura similar a la tan famosa edificación de París, así que con mochila a cuestas nos lanzamos a la espera del autobús que puntual salió hacia nuestro destino.

El camino hacia Valencia era muy similar a la cuatro caminos, pero no por la calidad y vista escénica, si no por lo caro de las casetas, sin embargo en la autopista española si se notaba que se invertía la lana de manera eficiente. El viaje duró cerca de cuatro horas recorriendo la costa española rumbo al sur al lado del majestuoso mar mediterráneo, el pasaje no costaba caro, 17 euros que equivalen a unos 270 pesos, barato en comparación a la distancia.

Llegando a Valencia le llamamos al Punko, un amigo de Hermosillo que estaba haciendo su especialidad en medicina por aquellos lados, porque como ya sabemos, hay hermosillenses por todo  el mundo y siempre están dispuestos a recibir a un coterráneo esperando a cambio un paquete de tortillas o ya de perdida unas coyotas.

El punko nos dio las instrucciones de cómo llegar a su casa allá por rumbos de la playa de la malvarrosa, un barrio lleno de gitanos y que aun tenia por sus calles las gradas y conos del circuito de fórmula uno que acababa de pasar el día anterior a que llegáramos. Dejamos las maletas y nos fuimos a comer a un chiringuito al lado del mar, la novia del punko, una valenciana muy simpática nos alcanzo ahí y nos empezó a contar de su tierra mientras nos comíamos unas tapas tradicionales de la zona, unos boquerones en aceite de oliva, calamares fritos y aceitunas pero nos quedamos con las ganas del plato más típico del lugar, la famosísima Paella a la Valenciana.

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a conocer la ciudad así que agarramos un camión rumbo al centro, a los minutos ya estábamos pasando junto a la plaza de toros y decidimos bajarnos para hacer el recorrido a pie. La primera parada obligada fue la plaza frente al ayuntamiento, donde la brisa de la fuente frente a ella te refrescaba del calor que ya se empezaba a sentir, al mero estilo de la ciudad del sol.

Los edificios de la ciudad captaban la atención rápidamente, pues parecían de película medieval, torres y murallas al lado de un canal que circunda el centro hacían imaginarte la vida hace unos siglos donde las Torres de Quart abrían las puertas para dar entrada a los visitantes que venían a hacer su peregrinación a la Iglesia de los Desamparados o a la catedral siempre custodiada por la Torre del Miguelete.

Después de terminar el recorrido tradicional nos aventamos a caminar por el curso del rio, ahora seco como el del vado del rio pero que a diferencia de este el valenciano ha sido desviado a las afueras de la ciudad y su antiguo cause ha sido transformado en un hermoso paseo que rodea el centro de la ciudad, lleno de arboles, parques para niños, cafés y restaurantes.

Al final del cauce del rio pero antes de llegar a la Ciudad de las Ciencias nos topamos con una escultura gigante, era el cuerpo de una mujer convertida en parque infantil, de sus piernas resbalaban niños y su abdomen servía para escalar hacia su pecho para bajar y salir por sus orejas, una manera muy creativa de combinar el arte con la actividad física y la sociedad.

Ya para esta hora el cansancio y el hambre empezaban a hacer efecto y a eso sumado una cortada en el tobillo de mi compañera de viaje hicieron que paráramos por un par de horas en un centro comercial no sin antes comprar un conito de Horchata de Xufa, muy similar a la de nosotros  pero con un sabor característico, ¡eso sí muy refrescante! De ahí empezamos a buscar que comer, teníamos ya más de diez días de haber salido de Hermorancho así que se nos antojo entrar a comer algo “Mexicano” que mas bien era comida tipo Tex-Mex en donde la única salsa que existía era la salsa cátsup.

Saliendo nos fuimos directo a donde nos habían comentado era el nuevo distintivo de Valencia, La Ciudad de las Artes y la Ciencia, una obra exquisita del famoso arquitecto Santiago Calatrava, yo en lo personal soy muy fan de los puentes y la estructura de este me dejo emocionado pero no tanto como al ver las obras que estaban al cruzar el mismo, unos museos gigantes con forma de ojo y otro de cabeza de pescado con su esqueleto que albergan el auge cultural y de entretenimiento de la ciudad, ¡sin duda una obra maestra!

Ya era un poco tarde y aunque el sol estaba a todo lo que daba sin importar que fueran las 7 de la tarde (se metía cerca de las diez) seguimos caminando y tomando fotos de las obras del arquitecto, y aprovechando que esta todo rodeado de fuentes y lagunas caminamos un rato dentro del agua para refrescarnos cuando a lo lejos se veía un camioncito que te invitaba a un reto muy particular, el aguantar tomarte una cerveza dentro de una cabina a diez grados bajo cero, el cual Deborah y yo aceptamos gustosos, yo aun mas cuando me comentaron que durante la espera la cerveza era gratis y en las pantallas estaría a todo el partido de semifinal del mundial España vs. Alemania, el reto se supero sin problemas y con ropa especial, y nos dirigimos a nuestro hogar provisional para la cena y el segundo tiempo del partido. El gol de Puyol se escucho con gritos y cohetes por toda la malvarrosa y salimos a festejar el triunfo a la playa pero no estuvo muy concurrido sin embargo el paisaje de la playa de noche valió la pena la caminada.

El plan para el fin de semana era ir a Sagunto, una playa al norte de valencia pero  una llamada a Murcia al Rambo, otro amigo de Hermosillo que trabaja en un hospital, que nos invitaba a llegar a Murcia antes de lo planeado para hacer un viaje relámpago a Madrid cambio los planes…ahora era ¡ver la final del mundial en la capital española!

Llegamos a Murcia solo a dormir y muy temprano nos fuimos a Madrid, llegamos a casa del Gallego, un español nacido en el norte pero acostumbrado a los modismos sonorenses después de haber compartido cuarto con varios hermosillenses al paso de los años, dejamos las maletas y directito de ahí nos fuimos a un barecito de plaza mayor, “La casa de la bruja”, donde probamos unas sangrías cargadas de alcohol que empezaron a amenizar la noche. Ya después del precopeo la fiesta empezaba a amenazar con extenderse así que flojitos y cooperando nos dejamos llevar, ”La fontana”  fue el bar elegido a unas cuadras de sol, que es así como el centro de Madrid y una referencia obligada para propios y extraños.

La cruda del sábado se extinguió rápidamente con una comida hindú súper condimentada en un restaurant cerca de Gran Vía, de ahí a caminar todo el día por las calles adoquinadas hasta llegar al  “tigre” por unas tapas con su respectiva caña. Las eses de los locales eran tan notorias como nuestro acento bronco. La noche llego rápido mientras nos echábamos unos cubatas en un parque, eso de los chinos vendiendo cerveza en la calle a euro y los rumanos con sus tragos nos facilitaba el acceso a seguir la fiesta. Todo mundo hablaba del partido del domingo, la expectativa era enorme y las ganas de ganar se sentían en el aire. Esa noche nos fuimos a escuchar buen rock a “La vía láctea” y terminamos en el depa pitufo de Siria donde por la ventana de la azotea antes que nos diéramos cuenta salió el astro rey antes que llegara morfeo.

De vuelta en casa del gallego la hora de la patada inicial llegó, la tensión se sentía en la capital española, un silencio sepulcral por doquier, te asomabas a la ventana y hasta las hojas se oían al caer, casi noventa minutos de estar al filo de la butaca pasaron cuando Iniesta con su gol desencadeno un grito de júbilo nacional, toda una ciudad cimbro  al unisonó del grito de GOL, las ventanas de los edificios atiborrados de personas exaltados y llenos de una energía indescriptible coreaban el hecho histórico.

El silbatazo final se dio, los elevadores se atascaron de gente ansiosa de correr a la calle, bajamos por las escaleras los cuatro pisos para salir y ver como ríos de gente salían de los edificios y se iban incorporando a la celebración callejera, gente de todos lados empezaban a llegar, pasamos primero por embajadores y nos dirigimos hacia paseo del prado, cada vez más grande el tumulto y al llegar a la fuente de Cibeles el clímax de la celebración nos llevo a corear junto al pueblo español sus canticos de celebración ¡Gracias, Iniesta España está de fiesta! ¡España entera se va de borrachera! Y otros tantos mas, el jubilo era desbordante, la energía y buena vibra contagiosa y el vivir la experiencia ¡indescriptible! La gente llegaba hasta donde mi vista alcanzaba y la noche apenas empezaba, increíble ver como un juego de pelota puede unir a tanta gente y ser motivo de tal espectáculo de éxtasis que no distingue edades para celebrar el triunfo de tu país, del trabajo en equipo y de la convicción de estarlo haciendo por tu gente.

La noche fue testigo de cómo casi 2 millones de personas gozamos esa noche de una celebración única, donde el calimocho y la sangría y claro las cheves de los chinos ayudaban a alegrar aun más la fiesta y donde al caerme el balón de rebote volteara y agarrándolo de aire metiera yo el gol en la portería de media calle.

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